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ESTA ES LA PENOSA BUSQUEDA DE MIGUEL DE BUENOS AIRES CUYA HISTORIA SE REFLEJA EN ESTE
ARTICULO PUBLICADO POR LA GACETA DE TUCUMAN EN SU EDICION On line de fecha 13/6/06
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Martes 13 de Junio de 2006
Crónicas Digitales |
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GENTE QUE BUSCA GENTE
Un muchacho
porteño recorre Tucumán en busca de Estrella
El está cansado. Todos parecen haberla
olvidado. Y no es su costumbre escarbar media provincia para hallar una mujer a la que conoció hace 12 años. Regresó para
encontrarla, pero el pasado se le escabulle. Miguel Dorado quiere cerrar heridas. Esta es la historia de su vida.
Más datos
Si algún lector cuenta con información que puede resultar útil para el joven Miguel Dorado, puede
escribir a la dirección de correo electrónico: migueldor@hotmail.com
Uno se aguanta el dolor. Y tarde o temprano lo supera. Pero a veces necesita comprenderlo.
Eso le ocurre a Miguel Dorado.
Sentado en una banqueta, con los dedos manchados de tinta, inspecciona los avisos fúnebres.
Es viernes a la tarde y el joven (porteño, morocho, 25 años) está leyendo las ediciones pasadas de este diario, en una sala
de un segundo piso que huele a papel.
La historia
Todo comenzó en agosto de 1994, cuando recorrió las rutas que separan
Tucumán de Buenos Aires para jugar al rugby. Dorado participó ese año del torneo “Eliseo Rival”, que se jugó en
el club “Lince”, de esta provincia.
Ignoraba que ese viaje cambiaría su vida. En una de las cuatro noches
que estuvo en esta tierra, el entonces muchachito de 13 años intercambió besos con una joven dos años mayor. Regresó a su
hogar y se olvidó del romance, pero la chica siguió llamándolo y enviándole cartas. “Te amo y no puedo seguir sin vos.
La verdad duele. No quiero seguir gritando tu nombre al viento”. Firmado: Estrella, 22/08/04.
Ella era una joven
tímida y rara. Agradable, pero extraña. Se jactaba de hablar con los muertos y aseguraba estar profundamente enamorada del
porteño. Pero a su regreso, él no contestó, nunca más, los llamados ni las misivas. A esa edad, Dorado era un adolescente
despreocupado y feliz. Hasta que una mañana oyó sonar el teléfono en su casa de Barrio Norte. En ese instante se sintió aturdido.
Estrella se había quitado la vida, dolida por su indiferencia. El joven se quedó pasmado. Aún ahora, la simple evocación de
ese mensaje pareciera emborracharlo de locura.
A los 13 años, conoció la culpa. Pasaba las noches en vela y algo en
su semblante dejaba entrever que comenzaba a desteñirse. Reconoció su propia desdicha. El destino no podía ser tan injusto.
La energía que parecía predisponerlo a llevarse el mundo por delante se consumió. Por esos días, Dorado optó por lastimar
su propio cuerpo. A ratos, frente al espejo, ya no era el Narciso de antes. Esa vanidad tan suya fue reemplazada por el rechazo.
Desesperado, lastimaba su cuerpo y bebía como el más ebrio de los adultos. Nadie entendía nada. Semejante aislamiento no era
poca cosa.
El chico siguió así hasta los 18 años. Entre borracheras, flagelos y grescas, soportaba sus días. Sentía
que terminaría desquiciándose, pero los soportaba. La familia trataba de socorrerlo, aunque fueron contadas las veces que
se dejó ayudar. Tampoco hubo novias. Todos los amaneceres, quienes lo amaban veían cómo empeoraba.
La verdad que libera Hasta que la historia de arrepentimientos terminó. “A
los 20 años, comencé a superarme día a día. De hecho, intenté volver a jugar el rugby. Después de lo de Estrella dejé todo
lo que hacía. Me cerré, me asusté y tuve muchos problemas. Ahora quiero salir”, narra.
La completa desilusión
le cedió el paso a la esperanza. A los 23 años se puso de novio nuevamente y tuvo una relación “muy linda”. Finalmente,
Dorado decidió levantar las escombros en los que se había convertido su vida. Pero para que ello funcione falta un requisito:
cerciorarse de que Estrella se quitó la vida. Quiere encontrarla.
Llegado ese punto, el muchacho suspira. El dolor
se tragó sus recuerdos. Sólo conserva una carta, pero sin apellido ni dirección. Por eso, viajó hasta Tucumán en busca de
una joven llamada Estrella, que tendría 27 años o habría fallecido en setiembre de 1994. “¿Para qué vengo? Vine a buscar
mi libertad. Estoy aquí para saber la verdad, porque sólo la verdad nos hace libres”, dice.
Paso a paso Le gusta el silencio. Estuvo muchos años en silencio. Hasta que las palabras
volvieron de a poco. “Leí todos los avisos fúnebres, desde fines de agosto hasta fines de octubre de 1994. Pero en ellos
no encontré ninguna Estrella”, cuenta perplejo.
Divide su pelo en dos partes y se pasa la mano por la cabeza.
Mientras habla, intenta concentrarse. Repite lo que hizo. Carga consigo un cuaderno cuadriculado donde anota los números y
los teléfonos de las personas con las que habla. No quiere obviar ningún detalle. La única carta que no rompió (cuando recibió
el llamado destruyó todo lo que tenía de ella) es su prueba. Su prueba de que la historia existió.
Después de investigar
en el archivo de LA GACETA, Dorado se dirige a Lince, donde se entrevista con algunos jóvenes que integraron
aquella camada del ´80. “Los chicos fueron muy amables conmigo; recordaban quién era la persona que me había hospedado
cuando estuve en Tucumán; porque yo borré todos mis recuerdos”, explica.
Así, Dorado se comunica con ese muchacho,
que ahora vive en España. Aunque se acordaba haberlo recibido en su casa y de los días que compartieron juntos, a éste joven
le cuesta bastante ordenar los recuerdos pertenecientes a Estrella. Dorado repite la pregunta y, finalmente, el otro se acuerda.
A las cinco, hora de Argentina, y a las 10, hora de España, el porteño y el tucumano expatriado arman, juntos, el rompecabezas.
Desde el otro lado del atlántico, llega un cúmulo de pistas que ordenan la búsqueda de Estrella.
Con todo, no aparece.
El está cansado. Todos parecen haberla olvidado. Y no es su costumbre escarbar media provincia para hallar una mujer a la
que conoció hace 12 años. Sin embargo, al cabo de cuatro días, Dorado no pierde las esperanzas. “Sólo quiero saber si
ella está viva. Quiero conocer la verdad, liberarme...”
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